El rol de los académicos y la calidad de la educación en Chile

El debate acerca de la “calidad de la educación” en Chile, tiende con frecuencia a quedarse en la superficie de los hechos.  La realidad que viven los profesores, docentes y académicos en la mayoría de las universidades en este país, dista mucho de ser comprendida por el público, incluso por el “público ilustrado” o por las elites política y empresarial.

Hablar o reflexionar sobre el futuro de la educación en Chile y de la educación universitaria en particular, supone preguntarse por el rol y lugar de quienes están destinados a crear e impartir conocimientos, es decir, los académicos.  En su concepto básico, un académico es un intelectual, es decir, es un ciudadano (habitante del mundo) y dedicado a producir conocimientos, a inventar y desarrollar ideas.

Pero, ¿para qué sirven los académicos hoy en Chile?

Si observáramos la realidad impuesta por la perversa lógica mercantil y de “autofinanciamiento” generada por el “modelo neoliberal de educación y de universidad”, en Chile los académicos funcionan como “hacedores de clases”, “reparadores cosméticos” de las carencias y deficiencias con que llegan los alumnos desde la Enseñanza Media (bastante media, por lo demás), como incansables  “correctores de pruebas” y como “burócratas del internet”, completando formularios imbéciles para “administración y finanzas”.

Pero además, tienen que lidiar en el diario vivir universitario con programas de estudios y mallas curriculares inventadas hace 10 ó 15 años atrás, cuyos contenidos (con frecuencia insuficientes para dar cuenta de la realidad actual) no pueden ser impartidos en un semestre, obligando al docente a cercenar, resumir, “pasar rápido” y sobrevolar los temas y subtemas para llegar a fin de semestre o del año académico.  Los docentes universitarios generalmente sobrevuelan los contenidos de los programas, como un helicóptero que pasa sobre la ciudad: desde arriba ve toda la ciudad, pero no puede captar lo que ocurre en una esquina.

Las reglas del juego neoliberal dentro de la universidad producen perversidades y castraciones que nadie quiere remediar.

Si el académico se vuelve demasiado “exigente”, no solo se convierte en la bestia negra de los alumnos, sino que termina por reprobar a tantos estudiantes, que la universidad corre el riesgo de perder demasiados clientes.   Y si aprueba a demasiados “porros” disfrazados de alumnos, bota al piso la calidad de la enseñanza y reduce el nivel de calidad y excelencia de la carrera, de la facultad y de la propia universidad.   Si a esto se le agrega que los profesores y docentes a veces tienen que hacer una huelga para que les paguen sus sueldos mensuales (como sucedió en la Universidad del Mal y ocurre en varias otras…), tenemos completo el cuadro de limitaciones y obstáculos a una verdadera carrera académica y docente.

El académico no tiene tiempo de reflexionar, de producir pensamiento, de desarrollar pensamiento crítico; solo tiene tiempo para dictar las clases (en una y varias facultades y universidades), cumplir velozmente el programa, corregir pruebas y certámenes y leer apurado decenas de proyectos de tesis que apenas dan para memoria.

La sistematización del conocimiento científico, la investigación de nuevos campos del saber, la reflexión científica y metodológica desde lo sabido para llegar a lo no conocido, queda limitada por las exigencias de una formidable “máquina de moler carne” académica donde el docente o profesor (que no es lo mismo) tiene que circunscribirse a repetir, interpretar y resumir los conocimientos creados por otros, pero donde su propio aporte de conocimientos nuevos puede ser mínimo.

A esto se agrega el desastre silencioso de profesionales académicos que se han encerrado intelectualmente en su propio campo disciplinario, evitando o desconociendo el análisis y la comprensión interdisciplinaria y multidisciplinaria de la ciencia y de la realidad e instalados en un conformismo intelectual abismante: abogados que solo saben de leyes, médicos que sólo saben de medicina, ingenieros que solo calculan, psicólogos que solo hablan de psicología, dando como resultado “especialistas especializados” que quedan descolocados si la realidad les cambia, como en realidad siempre cambia.

El resultado de este “modelo neoliberal de universidad” en Chile, son profesores preocupados por su sueldo; estudiantes mediocres, sin reflexión ni lectura, sin disciplina intelectual, acriticos y preocupados por “sacarse un 4”; catedráticos sin cátedra; intelectuales con poco intelecto y profesionales con dificultades de comprensión lectora.

La universidad no puede ser solamente una “fábrica de titulados”, como una fábrica de embutidos en serie, sino que requiere de académicos con conciencia crítica, con capacidad de interrogarse sobre la validez de sus propias interrogaciones, con fuerza imaginativa para cuestionar lo adquirido.   Aunque parezca brutal esta fórmula en su simplicidad, en una “universidad en serio”, a los académicos se les paga por pensar.

En numerosas universidades públicas en Francia en particular, me tocó observar que los académicos -dentro de las exigencias de excelencia- deben publicar un libro al año.  ¿Cuándo podremos llegar a ese nivel de exigencia a los docentes y académicos universitarios en Chile?  Trato de huir del concepto de “calidad de la educación” para no quedarme atrapado en la lógica industrial de la calidad total que inventaron los japoneses y prefiero trabajar con el concepto de “excelencia académica”, que permite forjar estándares de la actividad académica susceptibles de compararse con lo que ocurre en el resto de las universidades de América latina o del mundo.

La ciencia es y progresa precisamente, porque existe un espacio universal y pluralista de creación de nuevos conocimientos, donde se pueden cuestionar los conocimientos adquiridos y se puede enseñar a pensar.  Ese espacio es la universidad, esa es la vocación esencial e histórica de toda universidad, y para que esa vocación pueda materializarse, se necesitan académicos reconocidos, valorados y dedicados a su labor principal e insustituible: pensar.

Manuel Luis Rodríguez U.

observatorioeduclogo

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