Educar todo el ser humano – Algunas reflexiones libres

Me pregunto y me sigo interrogando –en estos meses aparentemente convulsionados- sobre los diversos significados de la educación como práctica pedagógica, como experiencia en el aula y como manera de vivir y realizar un compromiso humanista con los niños y los jóvenes.

Creo que las crisis (esas tan temidas y peligrosas crisis) tienen esa potencialidad virtuosa de poner al desnudo las fallas no resueltas, las soluciones parche, las estructuras añejas y las tareas pendientes, para que seamos capaces de cambiar y de incitar los cambios.

No sé si será porque en lo vivido ya llevo como 10 crisis (económicas, sociales, políticas, históricas…) en el cuerpo o por esa insoportable e interminable curiosidad del intelectual y del sociólogo, pero me fascinan las crisis: son momentos cruciales y extraordinarios, son instantes únicos de condensación de muchos malestares, son inéditos cruces de caminos donde convergen carencias, frustraciones y sobre todo, de profundas aspiraciones olvidadas y contenidas, que entran a desbordarse de su cauce “normal” y a subir a la superficie.

Las crisis son como esas fallas geológicas que afloran cuando la tierra se estremece y nos apercibimos de su existencia por lo desvastador de su movimiento.

Leemos entonces esos momentos cruciales del devenir histórico, para aprender de ellos y proyectar el futuro.   El ser humano funciona porque lo mueven aspiraciones e ideales, desde su propia libertad incompleta, en un movimiento perpetuo que va del pasado al futuro, dándonos oportunidades en el breve presente.

TRAYECTORIAS

Recuerdo que mi primera clase la realicé en la Escuela Bernardo O’Higgins de Punta Arenas, en un lejano año 1972, cuando un sacerdote amigo, Alejandro Goic, me solicitó e invitó que lo acompañara a compartir una clase de Catecismo a alumnos de octavo año.

¿Qué hacía yo -joven rebelde, de aspecto y tono revolucionario y además, melenudo- tratando de ¡enseñarles religión! a un lote de 25 jovencitos desordenadamente inquietos?

Esa sala de clases era un caos ruidoso e inquieto, con alumnos que entraban y salían, que preguntaban de todo y que hacían muy difícil mantener un hilo conductor de los contenidos a impartir.  Jamás imaginé que ese sería un lejano punto de partida de mi acercamiento a la experiencia pedagógica.  Recuerdo que Alejandro me dijo sabiamente a la salida de la sala de clases: “…si no eres capaz de cambiar estas conciencias en formación, no puedes soñar con cambiar esta sociedad ya formada…”

 

Ahora me dejo llevar por alguna metáfora marítima.

 

Porque después viajé por las zonas inmensas del océano de las Ciencias Sociales, me interné curioso en el enredado archipiélago de la Sociología navegando sus islas atiborradas de libros, categorías, teorías y autores, y desembarqué ensimismado en la Ciencia Política, puerto principal del estudio del poder y de la condición ciudadana.

 

Mi pobre barco todavía cargado de ignorancias, de interrogaciones y de prejuicios encalló por aquel entonces -y para siempre- en la roca inconmovible de Descartes, y aprendí apenas sus rigurosas reglas del método, su sentido inapelable de la búsqueda del saber a partir de la duda, su ejercicio inquisitivo de la interrogación tras la verdad y entendí que la noble misión del hombre en la búsqueda del saber, consiste en cultivar la razón.  ¿Será por eso que jamás en mi vida le he pegado un puñetazo a alguien?

 

Observaba siempre con atención en la Facultad en Lyon y en las solemnes salas de la Sorbonne en Paris, el ejercicio pedagógico de nuestros profesores: francos y simples en su expresión verbal y corporal, sobrios y prudentes en el uso de las tecnologías, sabios en entregar conocimientos y contrastar teorías, rigurosamente exigentes a la hora de evaluar, implacables ante el error, la improvisación, la flojera o la conformidad, pero siempre los vi como personas de una gran capacidad humana de enseñar dentro y fuera del aula.

 

Por eso, tengo derecho a recordar con orgullo a Bernard Housson y a Joseph Jacoub; el primero, excelente en sociología, en metodología de la investigación y en comprensión global de la ciencia, pero también hombre sabio en comunicarse con sus alumnos; y Jacoub, un sirio nacionalizado francés, riguroso y certero desde sus conocimientos, exigente de notas, cordial de trato.

 

Esos profesores universitarios me recordaron a Archibaldo Franulic, mi primer maestro de escuela.  Fui su alumno en la Escuela N° 1 de Punta Arenas en los años cincuenta y siempre tuve grabado su estilo aparentemente bonachón pero colmado de sabiduría para enseñar, para hacernos comprender, para llevarnos hacia la gramática, la historia y la aritmética.

 

Pero, probablemente la maestra (no dije profesora, dije maestra) que más marcó mi formación intelectual de adolescente fue Nelda Panicucci, profesora de Castellano del Instituto Superior de Comercio de Punta Arenas en los años sesenta.

 

Ella tuvo y me despertó la intuición de la literatura y de las ciencias sociales, y me introdujo en los anchos senderos de la Historia, sin límites, sin ideas preconcebidas, sin prejuicios.

 

Me pasaba libros en un torrente que no podía detener, hasta que forjó en mí el hábito de la lectura (desde aquella época leo simultáneamente 3 ó 4 libros), pero no se trataba de la lectura al pasar, sino de la lectura como estudio, como ejercicio serio y silencioso de reflexión siguiendo y acompañando al autor: me hizo leer innumerables textos de historia de Chile, pero también de Argentina, de Brasil, de Peru, de México, de Uruguay,  de Colombia, de Venezuela… diciéndome casi sin tono magistral: “…más allá de la cordillera, hay todo un inmenso mundo que transcurre, pero que no nos espera…”

 

Y entonces entré desde los 15 años de edad en un vertiginoso torbellino de lecturas y de estudio desde la Historia Universal al Teatro Griego, desde la Oratoria a la Filosofía, desde la Geografía a la Arquitectura, desde el Arte hasta la Política, desde la Literatura clásica hasta la Gramática.

 

Es casi metafórico decir que en mi mente lectora y curiosa Heródoto andaba caminando con Toynbee, Marx salía a conversar con Demóstenes y Platón, Miguel Angel dialogaba con Maquiavelo, Goethe conversaba con Beethoven, Rousseau paseaba con Miguel de Cervantes, Moliere ‘salía de parranda’ con Lope de Vega, Engels discutía con Hegel, Bach aprendía de Vivaldi y Shakespeare se ponía a escribir con Quevedo.

 

Tardes enteras eran aquellas y hasta los sábados me quedaba estudiando y leyendo en silencio en la biblioteca del Instituto Superior de Comercio: al final, el bibliotecario terminó por dejarme un juego de copias de las llaves del lugar.

 

Al mismo tiempo, la casa materna se fue convirtiendo en una desordenada biblioteca, donde además, se podía comer y dormir…

 

Así llegué a la Sociología como ambición intelectual y a la Ciencia Política como conciencia crítica.

 

Pude entonces alimentarme de las voces y las ideas de Tomás Campanella, de Tomás Moro, de Rabelais, de Michel de Montaigne, de Jean Paul Sartre, de Emile Durkheim, de René Descartes, de Edgar Morin, de Yves Lacoste, como maestros de los que se desprenden enseñanzas, a pesar de la distancia en el tiempo histórico.

 

Es en Descartes donde se pueden encontrar los fundamentos del rigor metódico y de la pasión por saber, fundamentos a su vez, de la práctica educativa. Escribe Descartes en sus “Reglas  para la Dirección del Espíritu”: “…por lo que respecta al conocimiento, dos cosas tan solo es necesario tener en cuenta: nosotros que conocemos y lasa cosas mismas que deben ser conocidas.  En nosotros, solo hay cuatro facultades  que pueden servirnos para esto, a saber: el entendimiento, la imaginación, los sentidos y la memoria.  Solo el entendimiento  es capaz de percibir la verdad, pero debe sin embargo, ser ayudado por la imaginación, los sentidos y la memoria…” ([1]).

 

Del mismo modo, Rousseau en su obra “Emilio o De la Educación”, sostiene que el ser humano es bueno por naturaleza –lo que constituye un poderoso punto de partida para la experiencia educativa- y que el aprendizaje del trabajo es la mejor herramienta para la socialización del ser humano. ([2])

 

Por su parte, el Barón de Holbach (1770) en el rico clima intelectual de la Ilustración proponía en su obra “Sistema de la naturaleza o las leyes del mundo físico y del mundo moral” lo siguiente como fórmula educativa:  ”…tomemos la experiencia como guía, consultemos a la naturaleza, tratemos de buscar en ella misma las ideas sobre los objetos que ella abriga, recurramos a los sentidos que nos han sido presentados falsamente como sospechosos, interroguemos a la razón que ha sido tan vergonzosamente calumniado y degradado, contemplemos atentamente el mundo visible y veamos si no es suficiente para alcanzar los territorios desconocidos del mundo intelectual…” ([3])

 

Más tarde ya en los años noventa, de regreso de mi formación en universidades francesas, tuve la ocasión de iniciar una trayectoria  formal de enseñanza universitaria, sucesivamente en la Universidad Tecnológica Metropolitana, en la Universidad ARCIS, en la Universidad Tecnológica de Chile, INACAP, en la Universidad Santo Tomás y finalmente en la Universidad del Mar.

 

No me fue fácil comenzar el ejercicio educativo, sobre todo en el aula, enfrentado al silencio expectante de los estudiantes, o a la batahola de una seguidilla de preguntas (peor que en una conferencia de prensa) a las que debía contestar con mis mejores armas intelectuales: años de lectura y de estudio.  Pararse en la sala ante un auditorio cuyas miradas escrutan hasta tus menores gestos, tics, apariencias y frases, podía resultar intimidante incluso para alguien que ha movido multitudes vociferantes de jóvenes por las calles de la ciudad en sus tiempos de líder estudiantil.

 

Aprendi rápidamente que el aula no es un campo de batalla, no es una trinchera donde el enemigo me espera para reducirme y derrotarme y donde me defiendo atacando al primero que “dispara sus dudas”.    En el aula es el profesor, es el docente, el punto focal de la circulación de los conocimientos y de las ideas y aunque no sea el centro del uso de la palabra, es el que debe siempre proponer la última palabra, respondiendo todas las preguntas, lanzando preguntas de regreso pero dejando enseñanza en cada palabra, como una siembra de semillas en buena tierra.

 

Antes de cada clase, hay una preparación constante: lectura y estudio, ordenamiento y priorización de los temas, estilo y presentación de las ideas.

 

Así me fui forjando en la docencia, siempre enseñando desde el extenso campo de las Ciencias Sociales, desde la Sociología, desde la teoría sociológica, y en especial desde la Metodología de la Investigación.

 

Es decir, mi práctica pedagógica y académica siempre ha tenido lugar en universidades, en la educación superior, de donde podría resultar una experiencia educativa rica y gratificante, pero en la que desconozco muchos aspectos de la educación que se imparte en el liceo y la escuela básica, lo que es cierto.

 

Conozco el liceo y la escuela por sus resultados, no por sus procesos.

 

A veces me pregunto ¿y qué he aprendido en el curso de esta experiencia fascinante? No mucho, en realidad.

 

He aprendido que el deseo de saber y las ganas de aprender se forman, se enseñan y surgen, gracias al trabajo perseverante del que enseña.  He aprendido que aprender depende mucho de una rutina que se forja, depende sobre todo de una disciplina mental, autoexigente y consciente, para ordenar el tiempo y estudiar.

 

He aprendido que para que la educación funcione, para que haya formación en el sentido integral del término, tienen que reunirse “virtuosamente” dos disposiciones subjetivas, dos predisposiciones positivas, favorables: mi más completa disposición a transmitir y enseñar los saberes, los métodos y las formas  y caminos cómo llegar a esos saberes, es decir, a transmitir la pasión por saber; y también la más completa disposición de esas mentes jóvenes por querer saber, por querer saber más, por querer aprender, valorizando su propia condición humana.

 

Es un encuentro de dos conciencias, pero también es una sintonía de dos pasiones, de dos maneras de sentir y de querer.

 

Pude aprender que el ser humano es una totalidad y que tiende espontáneamente hacia su autorrealización y que la educación debe ser propicia, empática, potenciadora y no amenazadora ni flagelante.

 

Uno siempre aprende una y otra vez, que el ser humano es consciente de sí mismo, de su condición social, de sus potencialidades y debilidades y que es capaz de construir su libertad y su propia vida, con autonomía y en creciente integración con los demás seres humanos y con la naturaleza a la que pertenece.  Entendiendo siempre que la educación es, como lo postulaba Durkheim: “la acción consciente del ser humano para vivir en sociedad mediante la preparación hacia determinados estados físicos, morales e intelectuales…” ([4])

 

Veo entonces la educación desde la perspectiva de la experiencia del aula universitaria.

 

Aún así, conozco e interpreto la educación del liceo y de la escuela, ya que en el aula de la universidad recibimos a los estudiantes que vienen de la enseñanza básica y media, con todas sus carencias y potencialidades.

 

 

LA EDUCACIÓN COMO VOCACIÓN

 

 

Más de alguna vez me he interrogado si en vez de estudiar Sociología y Ciencia Política, hubiese estudiado Pedagogía y me hubiera ahorrado tanto esfuerzo de aprendizaje pedagógico en el aula, a costa de mucho estudio, de mucha lectura, de mucha investigación propia, pero no habría comprendido entonces un hecho insoslayable en nuestro actual sistema educacional chileno: en este país las escuelas de pedagogía forman profesores para la escuela y para el liceo, pero en ninguna parte se forman profesores para la universidad.   La docencia universitaria para la docencia universitaria es otra de las asignaturas pendientes del sistema educacional chileno.

 

De donde se deduce que los educadores universitarios, los académicos, provienen y provenimos de otras disciplinas, de otros campos de la ciencia, y que tienen que “aprender por aprendizaje propio” las habilidades y destrezas para saber enseñar y transmitir esos conocimientos especializados en el aula universitaria.

 

Y no olvidamos que el aula universitaria es el último y superior escalón en el edificio de los conocimientos, en toda su complejidad, en toda su profundidad, en todos sus significados y alcances, en todas sus potencialidades teóricas y prácticas.

 

Más aún -complicando el problema- cuando estamos en presencia de jóvenes cuyas carencias metodológicas y de contenidos provenientes del liceo y la escuela, se suman a una mentalidad formada en el uso intensivo de tecnologías de la información y las comunicaciones y en el manejo diestro de lenguajes virtuales y visuales, que chocan brutalmente con las formas, soportes y técnicas pedagógicas tradicionales de la pizarra, el plumón, la tiza, el cuaderno escrito y el libro en papel…

 

Pero, hoy no  he venido a quejarme de lo que no hay o de lo que falta, sino a reflexionar sobre lo que podemos hacer, para que nuestras clases sean mejores, para que nuestra práctica pedagógica sea más enriquecedora y humanizadora.

 

Un alumno de la asignatura de Etica Profesional me preguntó hace años al final del semestre, cuáles eran mis expectativas respecto de quienes habían aprobado esa asignatura.  Me sorprendió la pregunta y después de pensar varios segundos la respuesta le dije: “si alguna vez me encuentro con tu futuro gerente o jefe y le pregunto por ti, me quedaré tranquilo si me responde: es un muy buen profesional, honrado, responsable, innovador y con un alto sentido de la lealtad”…

 

Esta anécdota me abre la puerta hacia una dimensión que considero esencial en la labor pedagógica y en toda la experiencia educativa.

 

Desde la universidad, formamos profesionales, es decir, preparamos individuos que por su condición profesional y por el lugar que alcanzarán dentro de las empresas, organizaciones e instituciones en que se van a desempeñar, tendrán la responsabilidad de tomar decisiones en ocasiones cruciales, que deberán trabajar, atender, servir, cuidar y proteger seres humanos y por lo tanto, educamos personas, educamos seres humanos a que sean mejores seres humanos.

 

Es decir, toda práctica educativa tiene un profundo sentido ético.

 

Eso significa jóvenes y personas dotados de valores éticos que inspiren su actividad profesional.  Para que aprendan a ver la humanidad que está presente en cada ser humano con quién deben trabajar.  Para que aprendan que esos “pacientes” o “casos”, no son números, no son fichas, no son carpetas, no son archivos computacionales, no son clientes, no son usuarios, son personas humanas, son seres humanos con dignidad.

 

Eso significa formar conciencias críticas y creadoras, y no solo quejumbrosos cerebros del inconformismo.  Una conciencia crítica se indigna pero propone, se rebela pero construye.

 

La educación es una constante proclamación silenciosa en la humanidad del ser humano, en el valor superior de la dignidad del ser humano, en su libertad y en sus potencialidades.

 

Entonces vuelvo atrás y me digo: cada alumno, cada alumna, no es un problema, no es una nota, no es un porcentaje de asistencia, no es una tasa de deserción, no es un riesgo de fracaso, no es un deudor, no es un caso, es en primer y último lugar una persona, cuya experiencia integral algo nos está diciendo.

 

El que enseña aprende del “enseñado”, tanto como el alumno debiera aprender del que enseña, pero el que enseña tiene la responsabilidad de enseñar a aprender, para que el alumno construya su propio camino de aprendizaje.

 

Entonces resulta evidente e insoslayable que la educación es una vocación antes que sea una profesión, lo que no significa desvalorizar al educador profesional, al pedagogo, sino a situarlo en el contexto de una sociedad que cambia aceleradamente y donde la función educativa está dejando de ocurrir solo en el aula (en lo que todavía definimos limitadamente como aula), para expandirse y multiplicarse en toda la ciudad, en toda la sociedad.

 

 

SER FELIZ EN EL AULA

 

 

A veces les digo a mis estudiantes: “yo vengo del pasado y voy pasando por el presente; ustedes van pasando por el presente y van hacia el futuro…”  Por lo tanto, siempre entiendo que el ejercicio de enseñar es una formidable apuesta de futuro, una apuesta y una tarea volcada moral y humanamente hacia el futuro.  Si creo que este alumno se quedará en el presente, estoy frustrando su perspectiva de futuro.

 

Por eso, el educador no puede quedarse (mental, conceptual ni metodológicamente) en el pasado, y menos puede criticar la presencia de los jóvenes y de los jóvenes educadores y profesionales en el espacio educativo, porque está traicionando el futuro y su futuro.  Cada vez que se frustra a un joven profesional en su camino de experiencia,  se está atrasando la inevitable llegada del futuro.

 

Esto no quiere decir que, automáticamente, todo joven es un innovador ni que todo adulto mayor es un conservador: vemos con frecuencia a jóvenes extrañamente conservadores, timoratos o pusilánimes, y a adultos y ancianos que impulsan los cambios y promueven una visión crítica y constructiva.  No es un problema generacional; es un problema moral y educativo.

 

Un joven profesional entonces nunca es mi rival, ni mi competidor ni mi adversario silencioso a quién voy a bloquear, muy por el contrario, es quien viene portando la savia nueva de un nuevo aprendizaje, de nuevos aportes, de nuevas visiones y que renovará mi propio lugar y mi propia aula en un futuro inevitable.

 

En la educación se encuentran y superponen siempre varias generaciones humanas y profesionales, pero el futuro depende tanto de los que saben (o creen que saben) como de los que aprenden.

 

Por eso, en la experiencia educativa, los que enseñamos aprendemos y los que aprenden enseñan.

 

Y lo que educamos no es solamente la mente, la estructura cognitiva del individuo-alumno, no es solamente su capacidad de hacer, de copiar, de repetir, su memoria de corto o largo plazo, lo que educamos no es solamente su capacidad de comprensión, de analizar, de explicar o de sintetizar.

 

Educamos todo el ser humano.

 

Educamos todo el ser humano para que aprenda del esfuerzo, del trabajo perseverante, educamos su resiliencia para que sigan esforzándose a pesar de los obstáculos y las dificultades, educamos para que aprendan a solventar sus logros, no para que justifiquen sus flojeras o renuncios. Educamos para que aprendan que solo el esfuerzo tiene premio, no la facilidad ni el “sálvense como puedan”.

 

Educamos para que aprendan a ser leales, probos, responsables, honrados, con sentido del deber y de la perfección del trabajo realizado, orgullosos de  de su esfuerzo, pero siempre disponibles para seguir aprendiendo.  Educamos seres humanos integrales, pero sobre todo, educamos la voluntad.

 

Por eso me dejan perplejo  y decepcionado esos alumnos que se conforman con el 4, que estudian para la evaluación y no para aprender y saber.

 

Con frecuencia se acercan a mi algunos alumnos que han sido reprobados u obtenido bajas calificaciones en una prueba o certamen: esos alumnos poco esforzados y reprobados por estudiar insuficientemente se sorprenden cuando les respondo: “aquí tienes la prueba de tu compañero que obtuvo un 6.5 o un 7: necesito que aprendas para obtener esta nota”.

 

Educamos también y sobre todo su capacidad de sentir, su capacidad de crecer como ser humano, le estamos proponiendo caminos para que sean mas humanos, más sensibles, más apasionados por saber, más apasionados y firmes en sus propias convicciones, creencias y motivaciones, para que hagan suya la pasión de vivir, de ensayar, de aprender de los errores y de saber corregir con humilde sabiduría.

 

Educamos para que aprendan a corregir los errores, y no solo para que anden buscando culpables para indicarlos con el dedo.  Educamos para que aprendan a descubrir sus propias carencias y a mejorarlas corrigiendo y no anden buscando culpables ajenos de los errores propios.

 

Por eso estamos en el aula: porque en definitiva estamos llamados a enseñar humanidad, porque nuestro deber moral y educativo en la universidad es exigir para que aprendan a ser exigentes consigo mismos.

 

Por eso, soy feliz haciendo clases.

 

Entonces me resulta que la educación como experiencia pedagógica ocurre también en el aula, como punto de encuentro entre personas, como espacio de convergencia y de comunicación, pero también sucede como práctica humanizadora  en el sentido de que siempre puede ser mutuamente enriquecedora.

 

El aula –y sobre todo el aula universitaria, último eslabón del proceso educativo institucionalizado- se rige necesariamente por las reglas del rigor, por la exigencia académica, por un conjunto conocido de protocolos y de procedimientos, pero en este mundo globalizado la enseñanza está ocurriendo también fuera de la sala de clases y los educadores tenemos la responsabilidad de abrirnos hacia las nuevas formas de creación, de construcción y de transmisión del saber, de potenciar el uso racional de las tecnologías, de conectar virtual y educativamente la experiencia vital del estudiante con la experiencia académica del aula.

 

Podemos educar para el cambio y podemos cambiar siempre y constantemente para que la educación mejore y se perfeccione; podemos confortarnos con el pasado y las experiencias ganadas, pero solo podremos enriquecer a nuestros alumnos en un sentido de humanidad, cuando los acompañemos en la inigualable aventura de saber más, de investigar, de descubrir y de innovar.

 

Por eso soy feliz haciendo clases, porque el futuro lo tenemos todos los días sentado en la sala de clases y con frecuencia no nos damos cuenta.

 

Aún así, entro a preocuparme, porque creo que después de los 60 años, me estoy volviendo demasiado joven…

 

 

 

 

Punta Arenas – Magallanes, invierno de 2011.-

 

 


[1] Descartes, R.: Regles por la direction de l’esprit.  Paris, 1824, V. Lebraut,  p. 57.

[2] Rousseau, J.J.: Emile ou De l’Education.  Paris, 1866.  Garnier Freres.

[3] Holbach, P.H.: Systeme de la nature ou des lois du monde physique et du monde moral. Paris, 1770. p. 11.

[4] Durkheim, E.: Education et Sociologie. Paris, 1922, p. 15.

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